Creo que estamos entendiendo el movimiento de la manera equivocada
A muchas de nosotras nos enseñaron que mover el cuerpo sirve para quemar calorías, compensar lo que comimos o cambiar nuestra apariencia.
Y esto, sin darnos cuenta tal vez nos llevó a relacionarnos con el movimiento desde la obligación, desde la idea de que había que "ganárselo" o tal vez desde la culpa.
Pero esta forma de entender el movimiento es bastante reciente, ha sido moldeada por los estándares de belleza, las redes sociales y una cultura que constantemente nos dice cómo debería verse un cuerpo. Cómo se ve un cuerpo “exitoso”. Cómo se ve un cuerpo "saludable". Cómo se ve un cuerpo que aparentemente “vale más”.
Y aunque querer cambiar nuestro cuerpo puede ser un objetivo completamente válido, reducir el movimiento únicamente a eso es olvidarnos de todo lo demás.
Porque moverse es mucho más que hacer ejercicio.
Es una forma de relacionarte contigo.
De escucharte.
De sentir.
De regularte.
De volver a ti.
Porque piensa en esto:
Cuando éramos bebés, conocimos el mundo a través del movimiento, gateábamos, alargábamos la mano para alcanzar un objeto, lo tocábamos, lo explorábamos, nos lo llevábamos a la boca, jugábamos. Y así, poco a poco, nuestro cuerpo empezó a conocer el mundo.
El movimiento siempre ha sido uno de los lenguajes más antiguos que tenemos.
Tal vez, el primer lenguaje que aprendimos, la primera forma en la que aprendimos a comunicarnos.
Antes de aprender a hablar, nuestro cuerpo ya sabía comunicarse.
Con el movimiento pedíamos ayuda, descubríamos el mundo, expresábamos alegría, hambre, buscábamos cercanía.
Mucho antes de que existieran los gimnasios, las dietas o las aplicaciones que cuentan nuestros pasos... Ya nos movíamos.
Nos movíamos para explorar, para jugar, para expresar emociones, para conectar con otras personas, para descubrir el mundo y sobre todo para habitarlo.
Por eso el movimiento nunca fue un castigo.
Siempre ha sido una forma de experimentar la vida.
Pero tal vez hubo un momento en nuestra vida, algún evento, algún comentario, algún comercial o tal vez todo el cúmulo de mensajes que fuimos recibiendo con el tiempo, lo que nos llevó a que el que el movimiento y nuestro cuerpo se convirtieran en un proyecto.
Un proyecto interminable.
Un proyecto siempre parece estar incompleto.
Siempre hay algo que mejorar.
Algo que optimizar.
Algo que corregir.
Algo que alcanzar.
Y quizá, sin darnos cuenta, comenzamos a tratarnos exactamente así.
Y hoy, me gustaría invitarte a reflexionar…
¿qué pasaría si comenzáramos a ver la relación con el movimiento y con nuestro cuerpo como una conversación en vez de un “proyecto”?
Un proyecto tiene un objetivo y una conversación tiene una relación.
Cuando el cuerpo se convierte en un proyecto inevitablemente aparece una lista mental de deberías:
Debería corregir tal…
Debería tener tal…
Debería lograr x para sentirme tal…
Y entonces el movimiento deja de ser un lugar de encuentro contigo y se convierte en una herramienta para llegar ahí a esa versión ideal de tu proyecto.
Pero una conversación funciona de forma distinta.
No llegas con respuestas, llegas con curiosidad, haciendo preguntas y permitiéndote escuchar las respuestas.
¿Cómo se siente moverme de una manera que me devuelva a mí?
¿Cómo se siente habitar este cuerpo, exactamente como está, en este momento?
¿Qué pasaría si hoy no viniera a cambiar a mi cuerpo... sino a pasar tiempo con él?
¿Estoy entrenando desde el miedo o desde el cuidado?
¿Qué pasaría si hoy no intentara mejorar mi cuerpo... sino conocerlo un poco más?
¿Hay partes de mi cuerpo que solo conozco desde la crítica y nunca desde la curiosidad?
Y darle valor a esas respuestas.
Tomarlas como una brújula.
Porque probablemente mañana no respondas lo mismo.
Ni la próxima semana.
Ni dentro de un año.
Y tal vez ese sea el punto.
Porque tú también cambias.
Así que hoy no quiero preguntarte cuánto entrenaste.
Quiero preguntarte algo diferente.
¿Qué movimiento te haría sentir un poquito más tú?
¿Qué conversación te gustaría tener hoy con tu cuerpo?
Con cariño,
—Nidara 🤍.